viernes, febrero 09, 2007

La Peste Amarilla

Con las manos en los bolsillos caminaba tranquilo mirando el piso. La noche hacía mucho que había caído sobre la ciudad muerta, y el silencio reinaba en esas calles vacías, eternas, cubiertas por ramas tan viejas como la vida. Después de interminables días de calor, al fin el aire soplaba refrescante, enviciante. Embriagante.
De repente algo cambió, el camino se me hizo extraño, ajeno, y fui viendo cómo viraba el color con lentitud, cómo el aire se enrarecía, ese inconfundible olor a polvo de árbol, maldición perpetua de la naturaleza.
Una hoja primero, luego otra, y luego decenas, cientos, incontables hojas secas aparecieron sobre las baldosas oscuras. La peste amarilla lo cubrió todo. Cerró la escalofriante escena un trueno resonante, abierto, que fue a inmolarse en el silencio profundo de aquel escenario. Una lágrima rodó y se estrelló, y supe que había llegado el momento.
Eterna y crónica condena estacionaria.

Algo me dice que el otoño se adelantó este año.

[Dios, protégenos]